¿Cómo entender el mundo de mi hijo adolescente?

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Hoy los cambios tienen un ritmo tan rápido que incluso sorprende a los padres que no tienen mucha diferencia de edad con sus hijos. Desde la pre – adolescencia es frecuente que los padres vayan descubriendo que sus hijos tienen formas muy distintas de relacionarse, vestirse, usar el lenguaje, mirar la vida, valorar sus cosas, pedir permisos, respetar límites, enfrentar responsabilidades, entre tantas otras formas de hacer las cosas, que van sintiendo extrañas, ajenas a lo que a ellos les tocó vivir cuando también tenían esa edad.

En este sentido, mientras más diferencia de edad se tenga con el hijo, más desconocimiento y dificultad para entender puede haber respecto a los nuevos estilos, modas o formas de hacer las cosas que empiecen a desplegarse en la vida familiar. Es por esto que surge como fundamental que los padres puedan tomar conciencia de que el mundo que ellos vivieron antes no ha permanecido igual, no es el mismo que están viviendo sus hijos y la mejor manera de acompañarlos en esta etapa, ganar su confianza, acercarse a ellos y cuidarlos, sin que se sientan amenazados ni juzgados, es escucharlos, darse la oportunidad de conocer este mundo, quizás hay muchas cosas las cuales no van a entender ni aprobar, pero también es importante distinguir cuáles son las cosas por las que vale la pena ser firmes y cuáles otras son las que pueden incluir cierta flexibilidad y ceder, para que el hogar no se transforme en un campo de batalla.

En este sentido, si con el fin de protegerlo o solo porque no estamos de acuerdo (porque en nuestra época no se usaba y nos causa rechazo), decimos que NO a todo lo que nuestro hijo desea para insertarse en su mundo social actual, probablemente exista un distanciamiento de su parte, pues sienta que estamos reprimiendo la oportunidad que él tiene para buscar una identidad, ser parte de un grupo o aprenda a tomar decisiones.

Quizás los padres no le permitan por ningún motivo fumar a un hijo o dormir fuera de casa en la adolescencia, pero si pueden ceder en que use un calcetín de un color y otro de color diferente, ponga la música fuerte los fines de semana o se maquille cuando salga con sus amigas, cada familia debe ver qué puede y que no puede transar, dependiendo de la edad, de los valores familiares que quieren transmitir y de lo que particularmente traiga su hijo a la conversación.

Muchos padres creen que por todos estos cambios sus hijos se están “perdiendo”, tienen miedo que se vuelvan cada vez más rebeldes y ese temor ante lo desconocido puede llevarlos a querer prohibirles todo, castigarlos y mantenerlos solo centrados en estar en la casa y el estudio. Lamentablemente, el castigo, el enojo, las prohibiciones y las peleas solo irán generando más rabia y alejamiento, consiguiendo menos que si nos acercamos a ellos con paciencia, tolerancia, escucha, una actitud abierta al diálogo, intentando hacer un esfuerzo por adaptarnos y por expresar que tras todas estas tensiones hay amor, deseos de proteger, cuidar y apoyar a nuestro hijo en cada etapa.

Es importante aceptar que nuestros hijos están creciendo cada día y que en la adolescencia, es normal que ocurra un cierto distanciamiento y ya no sean tan expresivos ni afectuosos como lo eran cuando pequeños. Esto ocurre, principalmente, porque su atención está centrada en la tarea más importante de esta etapa, la cual tiene relación con ir formando su identidad, generar habilidades sociales para insertarse en el mundo, sentirse pertenecientes a un grupo de amistades que serán una referencia distinta donde aprenderán también sobre la vida. Por ende, si los privamos de estos espacios de exploración, podremos tenerlos más cerca de nosotros, pero también estaremos truncando la posibilidad de que ellos se desarrollen integralmente.

Es por esto, que muchas veces, más que “entender” a nuestro hijo (lo cual no lograremos siempre), debemos escuchar, acoger, aceptar o encontrar caminos donde la negociación puede ser una buena estrategia para mantener una buena convivencia. Así por ejemplo, podemos reflexionar sobre ideas de este tipo: “No entiendo ni comparto tu gusto por los videojuegos, de hecho en lo personal, creo que son violentos o aburridos, pero si es importante para ti, te ayuda a tener temas de conversación con tus amigos, compartir intereses comunes con tu grupo social y te sirve de herramienta para insertarte con tus compañeros, lo acepto y te ofreceré un espacio para que juegues, pues en el fondo, siento que eres feliz con eso y te hace más bien que daño”.

Es cierto que es deseable que nuestros hijos tengan buenas notas, buen comportamiento, sean responsables, colaboren con los quehaceres del hogar, entre otras expectativas, las cuales de cumplirse podrán ganarse la confianza de sus padres gradualmente para que les vayan dando más permisos y libertades. No obstante, esto no quiere decir que si nuestro hijo no cumple esas expectativas, se le debe castigar privándole de toda libertad para explorar el mundo social. Se deben buscar caminos…

También es de considerar que si la conversación y los acuerdos no bastan, los “castigos” o restricciones de permisos deben ser acordes a la falta y no excesivos, además de mantener diferenciadas aquellas cosas que no van a verse afectadas por el comportamiento. Por ejemplo, el que nuestro hijo reciba visitas de un buen amigo, haga deporte, participe en una organización voluntaria u otra actividad que beneficie su desarrollo, debe cuidarse y promoverse, por ende, no deben estar condicionados a si nuestro hijo se porta bien o mal.

El tema de la confianza es clave, toda libertad implica una responsabilidad, que a veces los jóvenes no saben manejar y se equivocan con frecuencia, retrocediendo en la confianza otorgada por sus padres. Es importante sentir que se está en un proceso de aprendizaje, de adaptación, de cambios y que también cuando prohibimos todo, también estamos enviando el mensaje “no confío en ti, no creo que seas capaz de manejarte en el mundo de forma autónoma, creo que fallarás si yo no te ayudo o superviso…”, lo cual puede afectar a la larga en la autoestima y en la identidad que ellos están formando. Es por eso que llegar a un equilibrio en este tema, pudiendo entregar oportunidades y restringir otras de forma balanceada y apoyada con buena comunicación, es una tarea en que debe trabajarse como familia.

Finalmente, la mejor forma de estar presente, cuidar y apoyar en su desarrollo a nuestro hijo adolescente, es con buena comunicación, pues si nuestro hijo se siente con la confianza de acercarse a nosotros para pedirnos ayuda o contarnos un problema, sin temor de que sólo recibirá retos, sino con la tranquilidad de que pese a que reprobemos algunos de sus actos y lo conversemos, será escuchado, acogido y ayudado, estarán creando creando puentes que los acerquen más que murallas que los alejen.

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