Consecuencias emocionales tras una pelea

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Si alguien te grita, ofende, rompe algo que le regalaste o incluso te golpea o lanza un objeto ¿podrías al rato estar riendo feliz con esa persona? Probablemente, si es significativa para nosotros, le mostraremos que nos dolió y afectó su comportamiento, luego conversaremos con ella y si nos pide perdón, esperaremos que no lo vuelva a hacer, aunque la confianza se debilita, se toman más precauciones, se ponen más límites para no resultar dañados… o simplemente se distancia o corta la relación si el daño fue profundo y no se logró reparar.

Pero ¿qué pasa cuando son nuestros hijos los que nos tratan así? Muchos padres no toleran la tensión y después de una pelea, o son ellos los que se acercan a pedir perdón y tratar de reconciliarse (aunque ellos no sean los que se comportaron mal…) o terminan cocinando un postre rico si se los pide su hijo al rato, para dejar atrás el mal momento y desviar la atención del problema…

Es clave que si tu hijo se comporta mal y daña a alguien con palabras o acciones es importante que sepa que existen consecuencias emocionales. Si hacemos “como que nada pasó” o sólo lo corregimos con un “eso no se hace”, le estamos dando a entender (en base al ejemplo que le damos) que el agredir al otro no es gran cosa pues la relación puede seguir igual, sin mayores consecuencias, siendo que sus amigos no lo perdonarán como sus padres ante los mismos actos.

No se trata de ponernos a llorar o en un lugar de “víctimas” si nuestro hijo nos dice una mala palabra, ni de ser vengativos “tú dices que yo soy la peor mamá del mundo, así que cómo voy a jugar contigo?”, se trata de conversar, de que el niño entienda que no es inocuo agredir verbal o físicamente a otro, que eso hiere los sentimientos, es necesario que no se minimicen las malas acciones sino que se dé el valor que tiene a cada cosa y no se llegue al “aquí no ha pasado nada”.

Se trata de ser consecuentes y también dar el ejemplo, es común oír a los niños y sus padres en este tipo de diálogos:

- Hijo: “por qué si tú me gritas, me dices mentiroso y me castigas, yo no puedo hacer lo mismo contigo?”

- Madre o padre: “porque soy tu madre (o padre), debes hacer lo que yo digo y me debes respeto”

- Hijo: “y por qué yo tengo que respetarte a ti, si tú no me respetas a mí?”

En este sentido, es importante que los padres tengan firmeza y autoridad, pongan límites claros y cumplan con lo que dicen, pues sino pierden credibilidad y el niño siente que tiene el poder realmente y que por ejemplo, con una pataleta puede convencer a sus padres o vencerlos, aunque sea por cansancio… Pero ser firme no significa ser agresivo o duro con el otro, sino más bien ser directo, claro y consistente, pudiendo incluso estar abierto a escuchar argumentos, conversarlos, explicar razones y llegar a un acuerdo, sin que el otro sienta que “nos convence siempre” o nuestra palabra es difícil de mantener. Cuando existe el diálogo, el respeto, la honestidad y el ejercicio de una autoridad adecuada, la obediencia puede surgir de forma natural, sin necesidad de forzarla.

Por otra parte, si un niño ve que la autoridad se impone a través de insultos y gritos, sus padres se alteran con facilidad e incluso llegan a un maltrato más severo, lo más probable es que obedezca, pero basado en el temor, pudiendo no siempre entender la situación, además de guardar en sí mucha rabia, dañándose con el tiempo la relación y la confianza en sus padres, además de la posibilidad de acudir a la mentira para evitar ese nivel de confrontación.

Si las normas son impuestas sin ninguna conversación ni reflexión que lleve al entendimiento, si el niño no siente que tienen un fin de enseñarle habilidades para la vida, protegerlo de riesgos, u otras motivaciones que lo benefician a él o al ambiente familiar, por ejemplo, es fácil ver el origen de conductas en que no hacemos algo “porque nos pueden castigar si nos pillan” y no porque “no es correcto hacerlo y yo prefiero hacer las cosas bien, independiente si alguien me está mirando o no”, las cuales son bastante diferentes y tienen mucha influencia en nuestra vida y los valores que desarrollamos.

Respecto al perdón, es común que los niños pequeños aprendan primero que al decir “perdón”, el enojo de sus padres disminuye y logra reconciliarse más fácilmente, pero el que entiendan el real significado del perdón, que tomen conciencia de lo que ellos hicieron y del daño que produjeron, actúen con empatía, se arrepientan y de verdad intenten cambiar ese comportamiento, requiere más tiempo, conversaciones, experiencias, aprendizaje…

En este sentido, es importante valorar sus “perdones”, pero ir enseñando poco a poco su significado real y que muchas veces, aunque ayude, no basta para que la pena o la rabia, en general, las consecuencias emocionales tras una pelea, se vayan de inmediato cuando escuchemos esa “palabra mágica”.

Sí, reconozcamos que saber perdonar es una habilidad que sirve muchísimo para la vida, como lo son las siguientes también:

- Salir rápidamente de los enojos, sin quedarnos “pegados o amurrados” con rabia ante cualquier suceso que no nos guste. Esto no es “bajarle el perfil” o no darle importancia a los hechos, sino darles un lugar y tiempo justo, si hay que llorar, conversar o discutir un punto, está bien, pero no dejar que eso tiña todos mis días. Hay familias en que padres e hijos dejan de hablarse por meses

- El poder separar la rabia y hacer paréntesis para poder funcionar en la vida y disfrutar los distintos espacios, por ejemplo, no llegar al trabajo y mantenernos enojado todo el día porque peleamos con alguien en la casa, o estar llorando todo el tiempo porque pelee con mi pololo mientras estoy en un recital de mi cantante favorito…

- El aprender a depositar las rabias y enojos donde corresponden sin desplazarlos a otras personas o situaciones, evitar el “desquitarse con otro”, que tan injusto suele sentirse.

- El entender y aceptar que yo puedo pedirle perdón al otro y el otro no necesariamente me lo pedirá a mí… Hay que hacerlo porque lo sentimos, no con la intención que el otro haga lo mismo, enojándonos de nuevo si no lo hace.

- Entender que perdonar no es olvidar, pero que el orgullo, el rencor o el deseo de venganza es un daño que me hago a mí mismo (el otro puede que ni se entere o no le signifique nada), siendo entonces sentimientos negativos innecesarios, pues lo que realmente ayuda es que yo logre usar mis habilidades para cuidarme de esa otra persona, poner límites, distancias o tomar medidas para que no vuelva a dañarme.

- Pelear con alguien que quieres, sobre todo si es de tu familia, no tiene por qué ser una amenaza al vínculo… Si sentimos que al pelear nos dejarán de querer, nos abandonarán o recibiremos un daño mayor, probablemente evitaremos todo tipo de confrontación, nos guardemos los desacuerdos y frustraciones en silencio y eso tampoco irá ayudando a la relación… Es importante por lo mismo no decir amenazas al respecto, por ejemplo: “si no haces tu cama, nunca más te voy a querer…”

Finalmente, como siempre se plantea, la clave luego de una pelea es la comunicación, la comprensión, el entendimiento de que a veces las cosas no nos duelen por el contenido, sino por la forma en que se nos expresa, que a veces los enojos van más allá de un hecho sino de lo que esto simboliza o de lo que significa cuando lo acumulamos con otros… son tantas formas de interpretar o sentir emocionalmente luego de una discusión o pelea con alguien querido, que detenerse y conversar las cosas, quizás después de un rato y con las emociones más frías (o la rabia más regulada), es fundamental para ir construyendo una relación basada en la honestidad, la confianza, el respeto, el entendimiento de qué es lo que acepto y qué es lo que no acepto, el cuidado hacia el otro, entre tantas otras cualidades que con el tiempo nos ayudarán a todos a ir creciendo. De cada experiencia se aprende, sólo hay que darle tiempo para rescatar de ella la esencia que nos aportará en el camino…

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