Niñas “masculinas”

NIÑAS-FUTBOL

Tradicionalmente, se espera que las niñas gusten del rosado, de compartir más con otras niñas, jueguen a ser princesas y se rodeen de muñecas, peluches, tacitas de té, maquillajes y juegos más delicados y tranquilos. No obstante, si bien existe la tendencia a esos gustos, influenciados por la identificación que sienten las niñas con sus madres y las ideas que promueven la familia y la sociedad; los criterios e intereses de los que implica la femineidad y masculinidad se han ido ampliando con el tiempo.

El que una niña tenga intereses calificados como más masculinos dentro de nuestra sociedad, puede tener múltiples motivos, puede hablarnos de su necesidad de explorar otros ámbitos e intereses, de mantener un mayor nivel de actividad, o su capacidad para decidir, tomar iniciativas, atreverse a ser diferente, además de reflejarnos algo sobre su entorno.

En este sentido, es común ver niñas “masculinizadas” cuando son las únicas entre varios hombres con los que se relacionan constantemente (hermanos, primos, vecinos del barrio, etc.), pues están más expuestas a lo masculino, pueden querer participar de sus juegos para sentirse incluidas y esto también las puede beneficiar, ya que les será mucho más fácil que a otras niñas relacionarse a temprana edad con otros niños.

Otros motivos que pueden influenciar a una niña a ser más masculina en sus preferencias, son tener una madre que tenga también intereses y preferencias típicamente masculinas; o la crianza que se le inculque, por ejemplo, si los padres siempre la han impulsado a compartir tanto con niñas como con niños, a jugar con distintos juegos (legos, muñecas, autos, pelotas, peluches…) y no encasillarse solo en lo tradicionalmente femenino, probablemente la niña pueda verse como más masculina al preferir juegos o manifestar intereses de ese tipo, pero está respondiendo a temas de una crianza integrativa solamente.

También la niña puede adoptar una conducta más masculina si desde pequeña observa modelos que le instauren creencias sobre una mayor valoración hacía el mundo masculino que el femenino y va sintiendo la necesidad de identificarse con ese estereotipo. Existen muchos motivos, incluso hay estudios que hablan de cierta influencia biológica (como mayor nivel de testosterona en la madre durante el embarazo), por ello es esencial entender esta situación dentro del contexto del cual proviene y no sólo como algo que se genera únicamente desde la niña.

Es importante considerar, que si bien las niñas que son más “masculinas”, suelen ser motivo de preocupación para los padres por creer que estas preferencias pueden afectar su orientación sexual a futuro, el que una niña tenga conductas más masculinas en su infancia, no determina que sea lesbiana o heterosexual cuando mayor.

Así, hay muchas niñas con intereses distintos al estereotipo femenino, pero eso no tiene relación directa con su orientación sexual. Ellas prefieren colores distintos al rosado, ensucian más su ropa, sufren más accidentes y golpes por exponerse más en los juegos (empujarse, lanzarse encima de otros, subir árboles, saltar escaleras, jugar a la pelota, etc.), disfrutan de juegos de construcción (legos, por ejemplo), manejar autos control remoto o el deporte, les aburren las muñecas, no manifiestan mayor preocupación por su aspecto físico (no les interesa usar maquillaje, ropa linda o accesorios, peinarse, etc.), son más desordenadas y bruscas; su voz puede ser menos melódica, incluso imitando expresiones que han escuchado de sus amigos, utilizando más garabatos, sobrenombres y expresiones burlescas.

De todos modos, es importante no estigmatizar. Hay muchas niñas que disfrutan más de actividades deportivas, son más hiperactivas y por ende pueden sentir más afinidad con los niños, pues ellos despliegan más energía generalmente en sus juegos, no por eso son menos femeninas que las demás niñas, solo tienen distintas necesidades e intereses.

Cuando las niñas son muy pequeñas juegan y se interesan por lo que sus padres ponen a su alcance y disposición, pero a medida que van creciendo y pueden empezar a tomar decisiones y manifestar preferencias con más claridad (sobre los 3 años en general), pueden empezar a observarse intereses y tendencias hacia conductas femeninas, masculinas o una mezcla entre ellas.

Al llegar a la adolescencia, la gran mayoría de las niñas empieza a identificarse más con lo femenino, a sentir que los hombres ya no son sólo compañeros de juego, sino también potenciales parejas y empieza a aumentar en ellas la vanidad y coquetería. No obstante, en general estas niñas que han tendido más a lo masculino en su infancia, probablemente mantengan un rango de intereses más amplio que lo netamente considerado como femenino en nuestra sociedad.

Los padres deben estar tranquilos, preocuparse de que su hija pueda estar feliz, explore el mundo y sus distintas posibilidades (juegos, actividades, sonidos, colores, etc.). Si la niña está demasiado expuesta a lo masculino por tener hermanos mayores, por ejemplo, los padres pueden favorecer un mayor equilibrio, mostrándole también a la niña el mundo femenino para que ella pueda conocerlo y elegir de ambos lo que a ella le guste.

Obligar coercitivamente a una niña a vestir y jugar juegos que le son impuestos, puede producir en ella un mayor rechazo hacia ellos que antes, la sensación de que sus padres no la quieren tal cual es y que debe fingir agrado por otras cosas para recibir aceptación, coarta su capacidad para tomar decisiones, para establecer límites y se reprime su espontaneidad, pudiendo generar trastornos mayores.

Hay que ver dónde está el problema, si la niña es “masculina”, pero se muestra feliz, con amigos y amigas, es líder en su curso, la consideran entretenida y creativa, tiene una autoestima positiva, etc., la preocupación o el problema puede estar en algunas creencias de los padres y es ahí donde se tiene que detener a trabajar el tema, más que en la niña. No obstante, si la niña es rechazada por otras niñas por ser muy brusca o no gustar de los mismos juegos o si recibe burlas o ataques por esto, es importante darle atención a lo que está sucediendo, pues la niña puede estar pasándolo mal, teniendo dificultades para adaptarse y formar su identidad, ya que socialmente está siendo rechazada.

En estos momentos es importante conversar con la niña y pensar como familia en qué medidas pueden tomarse, para que su hija sienta que está satisfaciendo sus necesidades e intereses sin sacrificar su inserción al mundo social. Por ejemplo, pueden hacer un intento por complementar más sus preferencias masculinas y femeninas, ampliando los espacios donde pueda conocerlas y desarrollarlas. Ofrecerle actividades deportivas (que ella escoja) fuera del colegio, fortalecer sus habilidades sociales, regular su impulsividad y brusquedad para que pueda tener mejor aceptación entre las niñas, entre otras medidas que hagan sentir a la niña que se le está intentando apoyar, ayudar, ampliar posibilidades, no cambiándola porque sus padres también la rechazan.

Un psicólogo puede ayudar bastante para orientar a los padres si se sienten inquietos ante esta situación y sobretodo en el caso de que la niña esté teniendo dificultades de integración social, como veíamos anteriormente, ya que la terapia le ofrece un espacio para expresar sus sentimientos, temores, ansiedades, trabajar a favor de su autoestima, fortaleciendo sus habilidades sociales y entregándole un apoyo ante esta situación, si la vive como una dificultad. Pero es importante considerar que la terapia no es un lugar para ayudar a una niña a ser femenina o a un niño a ser más masculino, con el fin de prevenir orientaciones homosexuales a futuro.

En este último punto, creo que lo importante es aceptar, entregar amor y acoger a nuestros hijos, sean como sean. Se ha hablado mucho últimamente de las “terapias reparativas” que buscan “sanar la homosexualidad”, personalmente estoy en desacuerdo con ellas, primero porque la homosexualidad NO es una enfermedad y por lo mismo la “curación” no tiene sentido y segundo porque creo que todos debemos tolerarnos, respetarnos, aceptarnos y valorarnos en nuestras diferencias, cada cual aporta a nuestra sociedad desde su propio ser, por eso considero que la discriminación no es más que un sinsentido que causa mucho dolor y que refleja la falta de amor que algunas personas tienen en su interior.

En este sentido, si bien como vimos en la nota, las preferencias por lo masculino o femenino en la infancia no determinan la orientación sexual a futuro, si ésta se llegase a definir como homosexual, desde mi punto de vista personal, creo que la familia o el espacio terapéutico tiene un rol de acompañar, acoger, apoyar, entregar herramientas para enfrentar situaciones complejas que puedan darse en el ámbito social (discriminación, aislamiento, soledad, etc.), estrategias de autocuidado físico y emocional, además de contención.

No hay que olvidar que la tendencia sexual es una parte de la persona, no LA persona completa, pues muchas veces se comete el error de quedarse solo focalizado en ese aspecto y no visualizar al otro de manera integral, con todas sus fortalezas, habilidades y actitudes que pueden ser un aporte, incluso a nuestro propio crecimiento.

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