Sobre el amor, la sexualidad y el romanticismo…

corazones

“El ser humano hace el amor como el águila o el
león, como un mono o una ardilla, como un artista o
como un fraude, a veces de una manera, a veces de otra.
Crea cuando ama. Fecunda a una pareja más que a un óvulo.” (Evans, E., de la Parra, M., 2000)

Los tiempos han ido cambiando y la vivencia de la sexualidad junto a ellos. En un mundo, donde el miedo al compromiso se hace más fuerte, porque lamentablemente las separaciones y divorcios han ido en aumento, donde la liberación sexual de las mujeres y emocional de los hombres ha cambiado su forma de relacionarse, donde cada día aparecen nuevas manifestaciones a través de los adolescentes, como los “ponceos”, donde puedes besar a muchas personas en una misma fiesta o la “heterocuriosidad”, donde el probar relaciones con distintos sexos es parte de la experimentación… en un mundo donde vemos que el individualismo y la soledad invaden, seguimos buscando El Encuentro.

Ese encuentro mágico, donde las miradas confluyen, donde la energía se percibe, donde aquello que todos buscamos se puede palpar… El Amor.

Amor que está en todos los lugares, en la memoria, en los sueños, en las sonrisas, en el cariño de un gesto sencillo, en la acogida al otro con todo su ser, con todo lo que significa, con sus triunfos y sus derrotas. Ese amor que todos queremos sentir vivo y fluyendo en nuestro ser, que nos recorra cada parte y así mismo se pueda transmitir a quien amamos.

Por todo esto y más, cuando hablamos de “hacer el amor”, hablamos de una aceptación del otro, de una danza, donde nos entregamos con todo lo que somos, sin importar los temores, las ansiedades, es un lenguaje distinto, donde desaparecen los vestidos del cuerpo y del alma. En ese momento, sólo la belleza de dos cuerpos, dos historias, dos almas, dos amantes, se unen para hacer de su amor una obra de arte, con cuerpos que se funden entre “te amos” y besos cálidos, entre caricias y abrazos, entre un hombre y una mujer con ilusiones y con una realidad que quieren hacer común, al menos por ese instante sublime…

En estos tiempos en que hemos dejado poco espacio para el romanticismo… hago un llamado a viva voz a todas las parejas que aún sienten que los une el amor, pero se han olvidado de mirarse, que han dejado de encontrarse, que se han perdido entre las diferencias y la rutina… Deténganse, respiren y recuerden aquél momento en que se vieron por vez primera, renazcan con nuevas sonrisas, quienes guarden rencor por viejas heridas intenten avanzar con pequeños gestos hacia la reconciliación, no le den cabida al orgullo que tanto distancia… perdonen, reparen, cuiden y valoren lo que han construido, no se olviden de soñar. Si los proyectos en común se acabaron, por qué no darle espacio a los nuevos?

Nunca dejamos de conocernos a nosotros mismos y menos a los otros !! La vida está llena de cambios y como dice una vieja historia, hay que imitar al bambú, que frágil se ve, pero puede soportar vientos y fuertes tormentas, ya que sus raíces tardaron mucho tiempo en crecer y se aferraron a la tierra y sus ramas son flexibles y se mueven danzando para no quebrarse. Nunca es tarde para reinventarse, rearmarse, reconstruirse… el amor todo lo puede…

Si el daño es grande y no se tienen fuerzas, si las ramas se quebraron y no ven posibilidades de crecer nuevamente, es mejor dejarse ir, si algo de cariño queda en la relación… cuídense, deseen la felicidad del otro, aunque no sea con uno y la separación sea la única alternativa que sienten posible… Amar es querer la felicidad del otro y entregar lo mejor de uno mismo para que ese deseo sea una realidad, donde ambos puedan crecer, convertirse en mejor persona y seguir aprendiendo todo lo que la vida nos quiera regalar.

No podemos negar que somos diferentes, pero por eso también nos necesitamos, incluso se refleja en el mito de El Banquete de Platón: “Los humanos eran antes hermafroditas y Dios los dividió en dos mitades que desde entonces vagan por el mundo y se buscan. El amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos. Admitimos que eso es así; que cada uno de nosotros tiene en algún lugar del mundo a su mitad, con la que una vez formó un solo cuerpo” (Kundera, M., 1996). En un mundo en que apenas nos alcanza el tiempo para entenderlo, nos lo hacemos para buscarnos; encontrarnos, a veces por casualidad; reconocernos y terminar por aceptarnos, siempre cuando haya amor de verdad y “no nos vendamos simulacros”.

Las mujeres siempre se han quejado de no ser entendidas por el género masculino, pero muchas veces tampoco piensan que ellos también necesitan ser entendidos. Para este fin, se han publicado miles de artículos y libros que tratan de mostrarle al sexo opuesto, cómo somos, qué nos gusta y qué no, por qué actuamos del modo como lo hacemos y otras muchas respuestas que sólo buscan un mayor entendimiento entre hombres y mujeres. Entre estos libros, hay uno en que ellos nos hablan muy directamente: “En estos tiempos, estamos más perdidos y ellas también. Suelen bailar solas y para los hombres se ha vuelto más importante tener sentido del humor que mucho dinero y partes del cuerpo más alargadas o abultadas. Nos encanta mirar otras mujeres sin compromiso alguno; nos encanta la tele, el fútbol y el control remoto; olemos nuestros calcetines sucios y dejamos la habitación fétida con nuestros aromas digestivos; tenemos pésimos modales; nos gusta la compañía más que el encargarnos de otro; no somos tan protectores, y si los somos, es porque lo aprendimos; no somos adivinos ni tenemos talento de geishas. Siempre deberán decirnos qué quieren de regalo si no quieren recibir la ropa interior con portaligas o la cacerola para nuestro plato favorito. Con suerte la película que queremos nosotros que vean con nosotros. Somos menos románticos y nos encanta el placer que nos dan cuando se ponen contentas con nuestros regalos. Aprendemos rápido de las criticas positivas pero somos un desastre con los constantes reclamos y el mal humor femenino. Hagamos un acuerdo  público y privado, seamos más claros los dos…” (Evans, E., de la Parra, M., 2000)

Esta última propuesta es de considerar, si tomamos en cuenta que: “En nuestro país se embarazan cada año más adolescentes que en África; se abortan más niños de los que nacen; y que la mayoría de los hijos llegan al mundo fuera del matrimonio” (Rajevic, P., 2000). Además de esta cita, que nos debería causar más de unos minutos de reflexión, cada vez hay más infidelidades en el matrimonio (de ambas partes); más mujeres y hombres con trastornos sexuales que se podrían arreglar con una mayor comunicación, apoyo, conocimiento del propio cuerpo y el del otro, descubriendo cada punto, cada lugar, cada centro de excitación… Después de todo, estamos juntos y somos pareja (que significa mucho más que dos personas unidas), nos tenemos el uno al otro y si hay un problema, lo mejor es conversarlo, lo cual no es tan obvio hoy en día, cuando ambos sexos prefieren callar por vergüenza o miedo a perder al otro.

Cuidémonos, querámonos y, al menos, tratemos de entendernos. Vírgenes o no, casados, separados, heterosexuales o de otras tendencias, novios, pololos o parejas de todo tipo, no nos encerremos en un silencio absurdo, abrámonos a una conversación sin censuras ni secretos, donde podamos compartir nuestros problemas e inquietudes, hablando qué nos gusta y qué no. Los tiempos han cambiado y nosotros también con ellos, no podemos seguir teniendo las mismas ideas y actitudes que usábamos en un pasado, notoriamente, conservador. Debemos buscar una liberación mental de nuestra sexualidad. Ya basta de tabúes; de avergonzarnos a preguntar algo que no sabemos por miedo a quedar como ingenuos; de soportar lo que no nos gusta por miedo a quedar calificados como “mala compañía sexual”; de tener muchas relaciones sexuales o de inventarlas, sólo para tener algo que contar a los amigos; de empezar relaciones sin quererlo con la excusa de la presión social o de quedar como “incapaz” ante los demás.

Ya basta de reprimirnos y de cerrar los ojos ante la realidad. Ya no podemos seguir contando el cuento de “la semillita”, “la cigüeña” o “la lechuga”. La educación sexual es un derecho de todos y si los educadores fueran más claros, tal vez muchas consecuencias indeseables podrían evitarse. No tengamos miedo a compartir nuestros sentimientos, sensaciones, ideas o, lo que es igual de importante, a decir lo que necesitamos. Sólo esta actitud nos hará potenciar al máximo nuestras relaciones y enriquecernos de experiencias de confianza y calidez. No sigamos tanteando a ciegas un terreno el cual puede estar lleno de luz…

La sexualidad no es un pecado ni algo en que tengamos que rendir siempre de manera eficiente. Es una entrega mutua de muchas cosas y cada uno tiene patrones distintos de excitación, estimulación y respuesta. No nos avergoncemos de nuestros cuerpos, ya que ellos a la hora del amor, si se entienden (gracias a una buena comunicación y preocupación real por el otro) hablarán por sí solos…

REFERENCIAS

1.-Evans, E., de la Parra, M. (2000). La sexualidad secreta de los hombres. Chile: Editorial  Grijalbo, S.A.

2.-Kundera, M. (1996). La insoportable levedad del ser. España: Tusquets  Editores, S.A.

3.-Rajevic, P. (2000). El libro abierto del Amor y el Sexo en Chile. Chile: Editorial Planeta Chilena,   S.A.

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